Alejandro Sawa, de Edipo a Max Estrella.

Jamás hombre nacido para el placer fue al dolor más derecho.

(Manuel Machado sobre Alejandro Sawa)  

 

En todas las grandes acciones de la humanidad aparece un héroe que hace de su causa algo más allá de una mera actuación, un ser que, consciente de que se dejará la vida en la batalla, utiliza el sacrificio como una herramienta poderosa con la que rubricar un buen final, hacerse oir y alcanzar la gloria.

Alejandro Sawa (Sevilla 1862 - Madrid 1909) es el indiscutible gran capitán de los bohemios, esa figura que trascendió su propia humanidad para convertirse en un símbolo, en una inspiración que elevó a los literatos que le admiraban a categoría de genios.

Él es Max Estrella, aquel bendito merodeador que se adentra en la noche madrileña -de la que jamás regresará- junto a su Virgilio particular, Latino de Híspalis, que Valle Inclán creó valiéndose de la impresión que le produjo asistir al funeral de Sawa, al que había admirado en vida, y al que comenzó a venerar tras su muerte Hoy lloro por él, por mí, y por todos los pobres poetas dijo ante su cuerpo muerto.

Al lector medio le sorprendería saber que gigantes como Rubén Darío, Alphonse Daudet (con el que guardaba un parecido físico impresionante), el mencionado Valle-Inclán, Paul Verlaine (!), o Pío Baroja en algún momento leyeron y aprendieron de Sawa, todos ellos le estimaron y admiraron, y le tomaron como el ejemplo perfecto del decadentista de fin de siecle. Hasta entonces un bohemio era casi un mendigo ilustrado, un perdedor, un buscavidas y un vicioso, después de él los bohemios reconocían su condición con orgullo y sobre todo, le daban un significado de autenticidad y compromiso con el arte que iba más allá de lo estético en el vestir y lo disoluto en el vivir (aunque para ser sinceros tampoco lo excluían).

En Sawa se daban la naturaleza de la esencia mediterránea (su padre era griego y su madre andaluza), el vitalismo y las ganas de conocer del Madrid de principios del XX, y la pose aristocrática de ese París paradisíaco de entresiglos en el que confluyeron los mejores ejemplares de la cultura artística europea. Su intensa formación humanística se daba de frente con un idealismo exacerbado, un liberalismo dispuesto a ser defendido hasta las últimas consecuencias, y el diletante que jamás consiguó dejar de ser “odio a esos bohemios sucios y mal vestidos”. Escribió algunas novelas fabulosas, destacando entre ellas Declaración de un vencido e Iluminaciones en la sombra, su andadura en la ficción da sus primeros pasos influído por los grandes maestros naturalistas de su tiempo (sobre todo en La mujer de todo el mundo y Crimen legal), pero su propia experiencia vital, su conocimiento exhaustivo de las formas más oscuras de vida -por experiencia y descendimiento voluntario- que pueden darse en la gran ciudad, sumado a sus profundas convicciones políticas y morales (liberal cercano al socialismo, anticlerical, amante de la belleza y humanista con trazas de lo que después serían los existencialistas), transformaron su lenguaje hacia terrenos simbolistas y neorrománticos primero, para terminar por afianzarse en un modernismo radical con elementos impresionistas (la forma de entender y describir el tiempo por ejemplo) siempre con los pies en la tierra.

En él podemos encontrar -al menos yo lo veo claramente- algunos elementos neoclásicos, tanto en su obra como en su propia vida, la tragedia griega es un elemento ensombrecedor de todo lo demás. Sin duda alguna donde alcanzó la verdadera excelencia literaria fue en su carrera periodística. Escribió en medios de Sevilla, Málaga, Madrid y París como Ecos de Juventud, S.XIX, España, El liberal, Diario Universal, ABC, el Motín, el Globo, El País, El Heraldo de Madrid, y una infinidad de publicaciones literarias, políticas y sociales. En sus crónicas Alejandro Sawa denuncia -dueño de una prosa inmensa bien cocinada al fuego de los gandes autores del XIX a los que leía con avidez- la corrupción institucional y política, la manipulación a la que el poder sometía a la cultura oficial, las consecuencias catastróficas de la cada vez más aguda diferenciación de clases, la pobreza, la miseria -que bien conoció toda su vida-, la progresiva deshumanización que el crecimiento de las ciudades lleva consigo como una consecuencia imparable y el dolor de los que no tienen voz.

A este Sawa digamos “social” se le añade un cronista eminentemente cultural, urbanita, casi romántico (mi favorito y donde creo que pasa a la posteridad como literato). Por sus artículos desfilan Becquer, Larra, Verlaine, Rimbaud, Baudelaire (al que admiraba enormemente), Victor Hugo, las tendencias literarias que le tocó vivir, la VIDA nocturna de aquel París mágico en el que Wilde podía compartir charla, copa y -algo más- con André Guidé y todo un universo de belleza, investigación y crecimiento cultural del que fue testigo de primerísima mano. Ejemplo magnífico de todo esto es el artículo que escribió en 1902 rememorando sus días junto a Verlaine mientras contempla su cadáver.

Alejandro Sawa jamás dejó una sola palabra en el tintero, fue un escritor tan racional en su forma como excesivo en su contenido -sospecho que no entendía la vida de otra forma-, el compromiso que tenía consigo mismo y con sus ideas era tan extremo que le convirtió en un personaje y le restó efectividad práctica como persona, sabía vivir al límite pero nunca supo simplemente vivir. Su idealismo acabó por destruirle, como el mismo dijo “yo soy un hombre que, de tanto mirar hacia la luz, se ha quemado las pupilas”. Sus últimos años y casi como si fueran parte del guión escrito (por Eurípides, añado) para convertirle en el padre de todos los bohemios -y paradójicamente se le conoce como el último-, transcurrieron entre la miseria, una incipiente locura (yo creo que un exceso de iluminación), y la ceguera.

El mismo Valle Inclán relata como, mientras velaban su cuerpo, pudo comprobar que uno de los clavos del ataud estaba mal colocado y se había ido a incrustar sobre la sién del difunto, así el dolor, persiguió al gran Alejandro Sawa hasta la tumba.

Su influencia literaria está ya fuera de toda duda, pero creo que la mayor contribución que Alejandro Sawa le hizo a la literatura española que le siguió, fue, sin duda alguna, él mismo, su ejemplo, el símbolo en el que se convirtió.

Álex Portero.

Para ampliar información y disfrutar verdaderamente de la figura y la escritura de Sawa recomiendo encarecidamente la extraordinaria biografía escrita por Amelina Correa llamada Alejandro Sawa. Luces de Bohemia editada por la fundación JM Lara, la recopilación de sus textos periodísticos hecha por la editorial 27 letras titulada Crónicas de la Bohemia. Y el aparato crítico e introducción del profesor Jean Claude Mbarga en Declaración de un vencido de ediciones Libertarias.

 

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Un comentario para “Alejandro Sawa, de Edipo a Max Estrella.”

  1. Paz dice:

    Todos los que hemos estudiado bachillerato hemos tenido que aprendernos el nombre de Sawa, aunque sólo fuera para aprobar selectividad. Sin embargo, nunca se va más allá de su vinculacíón con Max Estrella. Gracias por dárnoslo a conocer y por las recomendaciones (empezaré por Crónicas de la Bohemia). Vuestro entusiasmo es altamente contagioso.

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