Silencio por D. Miguel Delibes.

 

  Pido un tiempo de respetuoso silencio.Unos segundos, un minuto, el tiempo que Uds. consideren oportuno. El mundo de las letras, españolas y mundial, se encuentra de luto. Ha muerto D. Miguel Delibes. Por quién si no iba a cometer la osadía de pedirles nada. Lo pido desde luego como trabajador del mundo del libro. Como empleado de una de las librerías que en más alta estima tenía al no bueno, sino magnífico, escritor que fue D. Miguel Delibes. Para mí la referencia de las letras españolas desde la década de los cincuenta. Por eso también pido silencio como lector, porque ahora mismo lo necesito para seguir leyendo Los santos inocentes.No sé cuántas veces van ya las que paso por las páginas de esta obra, pero no creo que sea la última vez que lo haga. Me interesa la maravillosa sencillez con la que describía la dureza de la vida en el campo, la naturaleza de un mundo en el que se forjaban las personas de una época ya pasada, no tanto en el tiempo como en la mentalidad, en la que lo cotidiano y lo esencial iban de la mano, en la que la vida y la muerte adquirían un rasgo de naturalidad que nos es extraño. Porque éstas fueron sin duda las principales señas de identidad de la obra de D. Miguel, la naturaleza, la muerte, los sentimientos, la gente humilde, del pasado siglo XX, o del XVI, todo contado con una pluma sencilla, con un lenguaje crudo y sin ambages. Una prosa que mete al lector directamente en la trama y de la que no saldrá hasta la última línea de la obra.

  Por eso, por su obra y por las características de la misma, para mí Delibes fue y será D. Miguel. El escritor que lamentablemente hasta hace unos días, y desgraciadamente ya no se puede decir que no lo es hoy, era no sólo el mejor autor vivo de nuestro país, sino también el autor en lengua hispana capaz de disputarle a cualquiera este título a nivel mundial . No crean, yo sólo metería en esta terna a J. M. Coetzee, a H. Murakami, a I. McEwan, P. Roth o a R. Ford, pero a cada unos de ellos creo que D. Miguel podría disputarles el honor de tal título con las suficientes garantías como para salir airoso de tal comparación.

  Curiosamente, de todos éstos, sólo Coetzee ha sido galardonado con el premio Nobel. Por eso también pido silencio, pero sobre todo para la reflexión, principalmente al mundo de las letras, para que la gente del mundo de las letras tenga un momento de reflexión sobre este hecho. Por lo que además, a la academia sueca, un poco de justicia. D. Miguel se mereció el Nobel desde hace mucho tiempo. Mucho más del que pueda recordar. Demasiado tiempo de espera para un autor merecedor de ese premio por el conjunto de su obra, pero también por su influencia sobre autores y sobre lectores. Por ello, hace mucho tiempo, demasiado tiempo, me hubiera gustado tener en mi memoria el recuerdo de ver desfilar a D. Miguel por la Academia sueca, tranquilo, humilde, aunque con sus mejores galas, pero siempre seguro, tal y como era él, para llevar a cabo un discurso de aceptación que nos emocione, del que nos sintamos tan reconfortados como cuando hemos leído alguna de sus obras. Me hubiera gustado oirle hablar en su discurso de la necesidad que tiene el ser humano de ciudar la naturelaza, la que él tanto amó, o sobre la muerte, a la que él esquivó ya hace muchos años, ganándose la inmortalidad con el oficio de la pluma y escribiendo sobre blanco. Hubiera sido maravilloso tener ese recuerdo, y ahora, ya por completo, se ha perdido la esperanza de tenerlo. Por eso pido reflexión y justicia en el futuro, porque D. Miguel se mereció el premio Nobel, y yo, como tantos otros lectores, tener el recuerdo de ello. El premio más importante se merece premiar a los mejores, y estamos hablando de uno de ellos. Lamento que no se produjera el hecho.

  Hoy ya de D. Miguel sólo nos quedan sus novelas, y aunque no sea poco, por ello pido un respetuoso silencio, por su muerte, para la reflexión, para imaginar lo que nunca fue, pero también para que pueda seguir leyendo las andanzas de Azarías por la tierra castellana tal y como en su día me la hizo ver D. Miguel.

         César Antona

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